PRESENTACIÓN: Palabras de un color, y de otro.
En la ciudad de Buenos Aires hay 26 bibliotecas públicas municipales, 44 bibliotecas populares reconocidas por el GCBA. Casi todas las escuelas públicas de la ciudad están dotadas de libros (aunque no siempre de un bibliotecario/a). ¡Cuántos libros! ¡Qué alegría! Podríamos decir, y lo decimos. Pero… ¿vieron alguna vez, por ejemplo, a un chico “de la calle” en una de ellas pidiendo un libro? ¿Por qué no? Pensemos. Las prohibiciones escritas son fuertes, más aún aquellas que funcionan sin ser enunciadas. Ésta es una de ellas. Una biblioteca no es un espacio para los chicos que viven en la calle. Perdón por la brutalidad del ejemplo, pero es un ejemplo (claro y cruel, es cierto) de que los bienes materiales y culturales no están distribuidos entre todos los miembros de la sociedad.
En octubre de 2004 empezamos a realizar talleres de lectura en un instituto de menores como trabajo final del Postítulo de Literatura Infantil y Juvenil que cursábamos en CePA. Íbamos nosotros con nuestras mochilas cargadas de libros. Íbamos a trabajar con una población a la que le era imposible acercarse a una de las bibliotecas de las que hablamos arriba: privada de su libertad. ¿Por qué un instituto de menores? Porque nos interesaba el desafío de trabajar en un espacio marginado que como sociedad pretendemos olvidar. Y, sobre todo, porque pensamos que la literatura tiene mucho que hacer allí. Antropóloga francesa Michele Petit lo dice de este modo: “la lectura puede ser, a cualquier edad, un camino privilegiado para elaborar o mantener un espacio propio, un espacio íntimo, privado. (…) incluso en contextos donde no parece haber ninguna posibilidad de tener un espacio personal.”¿Funcionaría? ¿En qué condiciones? ¿Cierto tipo de literatura? ¿Con todas las chicas?
El Centro de Régimen Cerrado Inchausti (eufemismo actual que sustituye a “Instituto de menores” y a otro término más mundano y certero: “cárcel”) es el único para mujeres en la ciudad. Alberga a chicas adolescentes de entre 14 y 18 años en conflicto con la ley penal. Está ubicado en la zona de Congreso. Hay que saber muy bien dónde porque si no uno pasa a su lado y no se da cuenta. Invisibilizado, del mismo modo en que como sociedad elegimos no ver lo evidente. (Tiempo después entendimos que en el mismo sentido funciona una de las órdenes más claras del “adentro”: está prohibidísimo gritar por la ventana, no vaya a ser que “de afuera” alguien oiga). Para entrar hay que atravesar diversas barreras: un primer timbre, presentación de documentos, control del contenido de las mochilas, una primer puerta de rejas, una segunda, subir a los pisos por una larga escalera, volver a tocar timbre en cada piso, escuchar gritos, esperar. Todo rejas, hasta en los ventiluces. “¡Guardias del primero! ¡suben profesores!”, gritan avisando que llegamos. Nosotros, aterrorizados.
Sabíamos que no podíamos contar con grupos fijos de chicas para trabajar porque algunas salían en libertad o destinadas a otro lugar, porque otras ingresaban o porque con frecuencia estarían imposibilitadas de asistir al taller por diversos motivos... Esa movilidad resultó mucho mayor de la que esperábamos. Se convirtió en un nuevo desafío lograr un grupo con el que trabajar. Suele no importar mucho lo que digan o dejen de decir. Enfrentarse a una situación en la que se espera que intervengan y que sus palabras son escuchadas es un desafío muy grande para ellas. Los primeros encuentros estaban plagados de comienzos de comentarios que interrumpían y cuando les preguntábamos qué estaban por decir respondían “no importa”, “nada”, etc. Sí importa, algo iban a decir. Tardamos en darnos cuenta del peso que tienen las palabras en ese lugar. Desde su misma constitución. Las chicas están a la espera de una palabra y esa palabra no está a su alcance. La repiten hasta el cansancio: “Estoy entre cuatro paredes, privada de…” se repite como cantinela. Una y otra vez: “Estoy entre cuatro paredes…” Pero sólo tiene valor en la medida en que la diga el juez: libertad. Están a disposición de, en poder de… a disposición y en poder de otro. Es en ese contexto en que la palabra (esa palabra que nosotros queríamos poner en circulación constante, fluida, alegre y profunda) cobra su valor: amenaza. La palabra determina, dispone. Dice Ivonne Bordelois: “la palabra entregada al poder no es lenguaje sino pura consigna, mandato, explotación, ajena a la preciosa libertad que es el destino profundo de la verdadera palabra humana”. Problema. Nosotros íbamos a trabajar con literatura, es decir, con la palabra. ¿Cómo marcar la diferencia? Dos palabras distintas. Ésta era palabra poética, que “es violencia contra la palabra establecida”
ESCENA 1: Los días del venado y las noches de Pamela
Cada lunes y cada martes leíamos poesías y cuentos que elegíamos especialmente para compartir. Una y otra vez nos decían que querían que nosotros eligiéramos para ellas. Era algo así como un mimo, un regalo: pensábamos en ellas y elegíamos para ellas. “ustedes conocen los libros. ¿Cómo vamos a saber si tenemos ganas de leer una cosa que no conocemos” para decirlo con sus palabras, las de Brenda en este caso. Pasado un tiempo en el que las lecturas y los tanteos fueron dejando lugar a discusiones acaloradas sobre lo leído, Pamela nos dejó pasmados. Un día se animó a pedirnos prestados algunos libros “para leer… cuando ustedes no están”. Recién ahí caímos en la cuenta de una obviedad atroz: no tenían libros que leer. No había biblioteca, cosa que sabíamos, pero que no habíamos dimensionado bien. ¿No estábamos nosotros también presuponiendo que no “necesitaban” una biblioteca porque “total, si no estamos nosotros garantizando un clima propicio, ellas no leen”. Leíamos libros que nosotros llevábamos, que nosotros elegíamos, que nosotros teníamos. “Si quieren. Si no quieren no se preocupen”, nos dijo Pamela. Ese respeto tenía detrás también una aceptación (una “resignación”): éramos los dueños. Una vez más aparecía con la fuerza de lo real un hecho incontrastable: nosotros éramos los dueños de los libros. La distribución desigual nos ponía del lado de los que sí. Otra frase que apareció en aquella época fue “Claro, vos me los podés prestar [a los libros] porque son tuyos. Gracias, pero no es lo mismo”. La dijo Yamila. Fue hace mucho ya, pero quedó incrustada en la memoria.
Fue necesario, imperioso, crear una biblioteca. Con aportes propios, con donaciones (¿qué pensará aquel que en lugar de tirar dona y se siente bien en ese acto? ¿Creen que por pobres cualquier libro les vendrá bien?). Por suerte las chicas nos ubicaron inmediatamente: “Cualquier cosa no, ¿eh? Libros piolas”. “¿Cuáles?” preguntamos y aparecieron pedidos, casi todos los que habíamos estado leyendo: García Lorca, Neruda, Poe, Borges, Ernesto Cardenal, que haya mitos griegos. La biblioteca se fue armando. Quedó claro desde el comienzo que mucho importaba la selección del material y que mucho importaba también nuestro entusiasmo, nuestra relación (la relación de los mediadores) con eso que leíamos allí. Las historias y las poesías que funcionaban mejor eran las que tenían mucho que ver con nosotros. Como la poesía en lunfardo que Mercedes recitó de memoria porque su abuelo se la contaba cuando niña (“Era una paica papusa // retrechera y rantifusa // que aguantaba la marruza // sin protestar hasta el fin. // Era un garabo discreto, // verseador y analfabeto // que trataba con respeto // a la dueña del bulín.”). O los cuentos que habían inundado nuestros terrores personales. Poe a la cabeza con su corazón delator, por ejemplo. Se hizo habitual pedir recomendaciones y “pedir prestado” algún libro. Al principio no siempre era leído, pero encontraban importante participar de esa práctica prestigiosa. También se volvió rutina para las chicas explorar qué libros teníamos en nuestras mochilas aunque no estuvieran allí para usar en el taller. En una de esas búsquedas encontraron Los días del venado, de Liliana Bodoc. “¿Qué onda este?” preguntó Pamela directamente. Pamela es una de las chicas que se animó primero a leer en voz alta, que se animó a pedir libros, a hablar de libros… Y se lo llevó prestado. Era martes.
El libro no volvía. Le preguntábamos si le estaba gustando, qué le había parecido la escena en que el padre destierra de su existencia a un hijo que no cumplió la ley comunitaria… Queríamos saber qué pasaba con el libro pero no queríamos hostigarla ni que se sintiera en falta. Sin embargo, cuando hablaba del libro, lo hacía con pasión. Pero el libro no volvía. Llamaba la atención. Cuando lo devolvió tiempo después, varias chicas nos preguntaron si se podía conseguir para la biblioteca porque les había gustado mucho. Nosotros estábamos preocupados por cómo acercar a las chicas a las historias que había en los libros. Teníamos muy presente esta cita de Michele Petit: “de lo que se trata es de la elaboración de una posición de sujeto. De un sujeto que construye su historia apoyándose en fragmentos de relatos, en imágenes, en frases escritas por otros, y que de allí saca fuerzas para ir a un lugar diferente al que todo parecía destinarlo”. Casi que queríamos gritar que de entre los libros que íbamos consiguiendo seguramente habría alguno que tuviera algo que decirles… Y, no lo sabíamos, esas mismas chicas hacían silencio a la noche, un silencio cargado de sentido, hacían silencio para escuchar a Pamela que leía en voz alta, en voz muy alta, desde su celda para que todas la oyeran. La oían aquellas que sabían leer y aquellas que no sabían. Aquella a las que de niñas le leían cuentos por las noches y aquellas a las que no. Y esa historia de una tribu de los confines vivía cada noche en su voz. Y esa vida había logrado que las celadoras dejaran las luces prendidas hasta un rato más tarde para que fuera posible que unos guerreros remotos defendieran su tierra de los misterios de Misáianes, el hijo de la muerte. Las chicas presas, las celadoras encargadas de que sigan estándolo, todas juntas alrededor de una misma historia, la de Los días del venado que, a través de la voz de Pamela, robaba “unos minutos más, dale” al sueño de la noche.
ESCENA 2: La cultura robada.
Tiempo después dejó de ser raro que alguien quisiera “sacar un libro de la biblioteca”. Había un cierto orgullo en anotar en su ficha de lector el libro elegido. Se armaban recorridos lectores que investían de poder a ese lector. Todos éramos socios, las chicas, las celadoras, los maestros de la escuela, las psicólogas, nosotros. No parecía tan remoto leer o hablar de libros. Y se dio otra casualidad de esas que se recuerdan. Una chica pidió un libro en particular, una antología de poemas que se llama Mi primer amor, pero “sólo por un ratito”. ¿Sólo por un ratito? Descubrimos que lo quería para copiar unos versos en la carta que estaba por enviar. Porque en los espacios de reclusión aún perdura esa larguísima tradición de la carta manuscrita, con sobre y remitente. Usaba las palabras que allí encontraba para decir lo que quería decir. Y nos animamos nosotros también, nos animamos a proponer talleres de escritura. Leer y escribir, dos patas de la misma búsqueda: la palabra propia.
El cambio se produjo cuando nos visitó la escritora María Teresa Andruetto, a quien habían estado leyendo repetidas veces. Prepararon una entrevista en la que quedó claro que para ellas eran misteriosos (y ajenos) los caminos de la creación. Estaba muy presente la idea de que para escribir hay que tener un don especial. Nosotros veníamos trabajando sobre la intertextualidad, armábamos redes que partían de un texto y se conectaba con otro y así cada lectura era más que un cierre una explosión de otras lecturas posibles. Y Andruetto tuvo la lucidez que cambió el curso de los talleres. Explicó de otro modo esos vínculos. Dijo: “los escritores robamos todo el tiempo. Robamos ideas, robamos frases, robamos palabras. De nuestros amigos, de otros escritores, de los libros que nos fascinaron…” Y nos pusimos a robar juntos. De una selección de poemas fotocopiados cada uno (o cada grupo porque había quienes preferían escribir en grupo) elegía los versos que más le gustaran y los combinaba para formar su propio poema. Y se abrió una compuerta. Llenamos las paredes de poemas, y esos poemas eran “robados” constantemente para escribir otros poemas, para incluir en las cartas, para escribir cuentos… “La cultura es algo que se hurta, que se roba, algo de lo que uno se apropia, algo que uno acomoda a su manera” dice Petit en Lecturas: del espacio íntimo al espacio público (2001: 39). Y pegábamos los nuevos poemas al lado de los poemas consagrados. Y en esas paredes convivían Quevedo con Lucila, Carriego con Sole, Nicolás Guillén con Tatiana, Prevert con Yamila y con Pizarnik…
Y siguen allí esos poemas. Siguen allí y se renuevan y se agregan otras propuestas y seguimos sumando libros y lectores porque desde el principio los trabajadores del Inchausti, su directora y los coordinadores de la escuela abrieron las puertas, las ganas, le pusieron entusiasmo y deseo. Cuando hacemos taller todos somos allí lectores, todos somos escritores. Va el agradecimiento, entonces.
CIERRE: Democratizar el acceso a los bienes culturales.
“el presente sistema está claramente decidido a formar esclavos del trabajo, de la información y del consumo, y nada favorece y robustece más la esclavitud que la pérdida del lenguaje” dice Ivonne Bordelois en su libro La palabra amenazada.
Y dice Petit: “Tenemos derecho a una historia, pero también tenemos derecho a la metáfora, al extrañamiento, al desvío, a la ampliación de nuestro universo cultural. Y la lectura puede ser justamente un sesgo privilegiado para ofrecernos ambas cosas, para permitirnos conjugar varios universos.”[4]
Lo contado no es la historia de un éxito (el del encuentro entre lectores y textos, que sí los hubo, y muchos). Lo contado es la historia de un fracaso, el fracaso que como sociedad elegimos construir. Creamos objetos culturales que dan cuenta de la complejidad de la vida, de las alegrías y las angustias de la humanidad. Pero no nos permitirnos compartirlos.
Si en el principio era el Verbo, es decir, si fue la palabra antes que las cosas, estamos, quizá, a tiempo. Embistamos a la palabra de sentido y construyamos otra realidad. Porque “contrariamente a los bienes de consumo, el lenguaje jamás se agota, recreándose continuamente; por lo tanto compite con ventaja con cualquier producto manufacturado. Es también un bien solidario: lo comparte toda una comunidad, por un espontáneo sistema de trueque, Y, por fin, es un bien absolutamente gratuito, ya sea en su apropiación como en su circulación. En otras palabras, es un bien totalmente subversivo, porque siendo como es, el bien más importante para los seres humanos –ya que es el don propio de la especie, el que nos diferencia de otros animales- su naturaleza se opone a la de todos los otros bienes de consumo, que en lugar de ser gratuitos, solidarios e inagotables son, sin excepción, agotables, costosos y no compartidos.”[5]
CODA: Abrir el juego a ser mediadoras de lectura.
Los talleres de lectura y escritura siguen funcionando. La biblioteca cuenta ya con lectores diversos y con una dotación inicial de libros. Y apareció un deseo, una luz allá a lo lejos, algo que queremos construir.
Muchas de las adolescentes que pasan por el Inchausti son madres. La idea es conseguir libros para sus hijos chicos, para que compartan esos miércoles y esos domingos en que sus familiares (las abuelas, casi siempre) llevan a los bebés a que compartan un rato con su mamá. Soñamos con que estas chicas, madres adolescentes, se conviertan también en mediadoras de lectura, soñamos con ellas leyendo con sus hijos, encontrando nuevas palabras, nuevas historias, algo distinto.
JUAN GROISMAN
Bibliografía
· Petit, Michèle. Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, México, FCE, 2001
· Petit, Michèle. “Pero, ¿y qué buscan nuestros niños en sus libros?, México, CONACULTA, Colección lecturas sobre lecturas, 2002
· Petit, Michèle, Nuevos acercamientos a los jóvenes y a la lectura. F.C.E. , México. 1999.
· Bordelois, Ivonne. La palabra amenazada, Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2005
· Flecha, Ramón. “Manuel. Una vida de lucha contra las desigualdades culturales” en Compartiendo palabras. Barcelona. Paidós. 1997.
· Chambers, Aidan. Dime. Los niños, la lectura y la conversación. México, FCE, 2007.
[1] Lorena Di Vita, Mercedes Pugliese, Horacio Piñero, Gabriela Fradkin y Carina Gartenbank y Juan Groisman.
[2] Petit, Michèle. “Pero, ¿y qué buscan nuestros niños en sus libros?, México, CONACULTA, Colección lecturas sobre lecturas, 2002, página 17.
[3]Bordelois, Ivonne. La palabra amenazada, Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2005, página 30.
[4] Petit, Michele. Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, México, FCE, 2001, página 141
[5] Bordelois, página 33.
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